Cuando
parece que el mundo se derrumba bajos los pies.
Cuando se
vive la oscura noche del alma y la confianza y las fuerzas son tan
limitadas que no se extiende más allá de la persona.
El temor
y la ansiedad hacen mella.
O aun sin
tanto sufrimiento, simplemente cuando las circunstancias no son
favorables. En esas situaciones ¿qué decreto o afirmación podemos hacer que nos
garantice el éxito de aquello que deseamos?
¿Hay algo en nosotros que nos capacite para ser consciente de todas las facetas de un problema, reconocer la solución y garantizar el éxito?.
¿Que hay en nosotros que esté libre de ira, culpa, depresión, ansiedad, miedos con sus múltiples caras?; Y la afirmación, decreto o aquello que queremos y pedimos con vehemencia ¿no tenga su base en estos sentimientos?
Por otra
parte, como podemos estar seguros de que un tiempo más tarde
después del cumplimiento de aquello que tanto hemos visualizado y
decretado, no nos arrepentiremos, aburriremos o desilusionaremos?.
¡Qué
impedidos y pequeñitos podemos llegar a sentirnos!.
Con
tantas limitaciones no es de extrañar que nos sintamos atemorizados sin
saber qué hacer y en qué dirección ir.
Más allá
de enfocarnos en conseguir un deseo con todas nuestras fuerzas; También
con limitaciones, miedos, y falta de datos, podemos mirar en la fuente de toda fortaleza, esa
que habita en cada ser humano pero que a veces ocurre que por falta de un
reconocimiento no se sabe de su existencia. Es ese lugar donde la paz permanece
y es segura, donde nada es imposible. La llamamos universo, yo superior,
conciencia, el ser supremo o Dios.
Donde
cuando ocurre, su reconocimiento es inequívoco pues no se asemeja a nada
externo. Es la paz que sobrepasa todo entendimiento y es el reino de los
cielos que Cristo predicaba. Allí en ese lugar absoluto, arrojamos
nuestra carga, expresamos nuestros sentimientos y simplemente confiamos en esa
fortaleza.
Reconoceremos
en ese instante santo, que ya lo tenemos todo. Que ya somos todo. ¡Que no
hay nada que temer!

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